La verdadera agenda de la gente

Con el aporte de los diputados misioneristas, finalmente se sancionó la Ley Bases en Diputados, una herramienta fundamental para el gobierno de Milei. Por su parte, el norte de la política renovadora se hace notar a través de un indiscutido liderazgo en la agenda legislativa que marca el pulso de un proceso en donde la Cámara de Representantes se erige como caja de resonancia de las demandas de la sociedad misionera. La oposición vuelve a demostrar desconcierto,  falta de iniciativa propia y una enfermiza insistencia con temas ajenos a los verdaderos intereses de la ciudadanía.

Por Nicolás Marchiori

A la hora de explicar cuál es el objetivo de la política, por aproximación podríamos animarnos a decir que tiene por fin garantizar la convivencia y la vida en sociedad.  Pero lo cierto es que si hacemos una radiografía de la Argentina, nos damos cuenta de que gran parte de los actores de la política han dejado de manifiesto una incapacidad total para promover grandes consensos que permitan lograr ese objetivo. La provincia de Misiones tampoco es ajena a esta situación en donde una oposición totalmente desconcertada se halla inmersa en el anacronismo y la mentira permanente. La realidad indica que hoy se impone el antagonismo político, traducido en la primacía de la exclusión y la descalificación del adversario. Una actitud que supone una falta de respeto hacia la ciudadanía.

Lo cierto es que produce una inmensa frustración comprobar que el diálogo, el consenso y los acuerdos han sido desplazados por un nivel de confrontación que por momentos luce irreconciliable e impide la normal convivencia. Referentes de la oposición obnubilados por intereses netamente personales y  por el poder, sólo piensan en clave electoral y buscan en cada acción sacar algún tipo de rédito político que los posicione de cara a 2025. Frente a este despropósito irracional, la sociedad pide a gritos una clase dirigente capaz de resolver los problemas. Tanto a nivel nacional como a nivel provincial, todavía existe un sector de la dirigencia política que no entiende que se está viviendo un cambio de época impulsado por el hartazgo de la ciudadanía.

Henry Kissinger sostiene en su obra “Liderazgo – seis estudios sobre estrategia mundial” que cualquier sociedad, con independencia de cuál sea su sistema político, se encuentra en un tránsito perpetuo entre un pasado que conforma su memoria y una visión del futuro que inspira su evolución. En ese recorrido, el liderazgo es indispensable: hay que tomar decisiones, ganarse la confianza, mantener las promesas y proponer una forma de avanzar. Sin liderazgo, las instituciones pierden el rumbo y se exponen a una irrelevancia cada vez mayor que en última instancia lleva al desastre.

A decir de Kissinger, los líderes piensan y actúan en la intersección de dos ejes: el primero, entre el pasado y el futuro; el segundo, entre los valores perdurables y las aspiraciones de aquellos que lideran. Su primer reto es el análisis, que comienza con una evaluación realista de su sociedad basada en la historia, sus costumbres y sus capacidades. Después, deben equilibrar lo que saben, que por fuerza extraen del pasado, con lo que intuyen sobre el futuro, que es inherentemente incierto. Esta comprensión intuitiva de la dirección que debe seguirse es la que permite a los líderes fijar objetivos y establecer una estrategia.

Para que las estrategias inspiren a la sociedad, los líderes tienen que ser didácticos: comunicar los objetivos, mitigar las dudas y movilizar los apoyos. Si bien el Estado tiene por definición el monopolio de la fuerza, la dependencia de la coerción es síntoma de un liderazgo inadecuado; los buenos líderes despiertan en el pueblo el deseo de caminar a su lado. Además, deben motivar a su entorno inmediato para que traduzca sus ideas, de manera que estas guarden relación con las cuestiones prácticas cotidianas. Ese equipo dinámico que lo rodea es el complemento visible de la vitalidad interior del líder; le proporciona apoyo en su camino y hace más tolerables los dilemas de la toma de decisiones. En virtud de ello, los líderes pueden verse magnificados o debilitados por las cualidades de quienes lo rodean.

El liderazgo es aún más esencial en períodos de crisis e incertidumbre, cuando los valores y las instituciones pierden relevancia, y el plan esbozado para un futuro digno es objeto de disputa.

Podemos afirmar con total certeza que los buenos líderes son gestores. En todas las sociedades y en cualquier nivel de responsabilidad, se necesitan administradores que guíen a diario las instituciones que se les confían.

Los estadistas visionarios son aquellos que comprenden que tienen una serie de tareas esenciales por delante. La principal de todas es preservar su sociedad, controlando las circunstancias en lugar de dejarse abrumar por ellas.

A quienes les interesa la política, la alfabetización profunda les proporciona una cualidad que Max Weber denominó “proporción”, descripta como “la capacidad de permitir que la realidad te afecte mientras mantienes la calma interior y la compostura. La lectura intensa ayuda a los líderes a desarrollar la distancia mental, respecto a los estímulos externos y las personalidades, que mantiene el sentido de la proporción”.

Ahora bien, las grandes transformaciones sólo pueden llevarse adelante de la mano de líderes con una aguda percepción de la realidad y una visión poderosa. Como contrapartida, los líderes mediocres son incapaces de distinguir lo significativo de lo ordinario; tienden a verse sobrepasados por el aspecto inexorable de la historia. Los grandes líderes intuyen los requisitos intemporales del arte de gobernar y distinguen, entre los muchos elementos de la realidad, aquellos que contribuyen a unas elevadas perspectivas de futuro y deben ser promovidos de otros que deben ser gestionados.

Los verdaderos estadistas entienden la importancia de la soledad. Lejos de las luces y las cámaras y de la carga cotidiana de mando, sacan partido a la quietud y la reflexión, sobre todo antes de tomar decisiones importantes.

Francia recuerda a Charles De Gaulle como su mayor figura del siglo XX, una figura central de la política en aquella época que buscó que el pueblo francés siga el camino que lideraba, pero que no se esforzó por lograr el consenso ni lo esperó. Considero menester traer a colación el ejemplo de De Gaulle, ya que en su caso la controversia fue una consecuencia inevitable de las transformaciones que pretendió llevar adelante. En consecuencia, queda claro que un líder no puede emprender grandes reformas y transformaciones sin molestar intereses arraigados y enemistarse con ciertos grupos.

No todo el mundo admira a los líderes, ni durante sus años de gobierno ni después, ni tampoco está de acuerdo con sus políticas. Siempre enfrentarán resistencias, muchas veces incomprensible, pero el líder debe valerse de una fortaleza espiritual y mental para soportar la incomprensión. Al fin y al cabo, ese es el precio de hacer historia.